Después de la pandemia y con la geopolítica mundial prendida fuego, traer insumos desde Asia se convirtió en una ruleta rusa. Los fletes marítimos suben y bajan con una volatilidad que destroza cualquier presupuesto, y depender de un proveedor que está a semanas de distancia ya no es un modelo de negocio viable. La respuesta de los manuales corporativos a esto se llama nearshoring: mudar la producción cerca del cliente final para acortar las cadenas, recuperar el famoso “justo a tiempo” (JIT) y bajar el riesgo operativo.
Es una estrategia impecable en la teoría. El problema es que cuando decidís mudar tu cadena de suministro a América Latina, la geografía y la política te dan un golpe de realidad brutal.
Si miramos hacia el norte, el milagro ya está ocurriendo. México entendió perfectamente el juego. Agarraron su cercanía con Estados Unidos, se apalancaron en el tratado T-MEC y hoy tienen un boom industrial espectacular. Vas a zonas como Aguascalientes o Saltillo y ves que casi toda la nueva oferta de metros cuadrados industriales ya está absorbida por los sectores automotor, aeroespacial y electrónico. Ellos lograron acortar el time-to-market de semanas a días, dándole a los clientes una agilidad de respuesta envidiable frente a los picos de demanda.
Pero a medida que bajamos en el mapa, el panorama cambia. De nada te sirve acercar tu fábrica al mercado regional para ahorrarte el flete marítimo internacional si, una vez que la carga toca el puerto, la infraestructura interna te devora el margen.
Acá en el Cono Sur tenemos destellos de brillantez operativa. Uruguay, por ejemplo, hizo los deberes: modernizaron el puerto de Montevideo con capital privado y armaron zonas francas que hoy son imanes para la industria tecnológica y farmacéutica. Entendieron que para ser un polo logístico hay que dar reglas claras. Sin embargo, cuando cruzamos a economías más grandes, como la nuestra en Argentina, el potencial choca contra la falta de inversión. Hablamos con orgullo de expandir la agroindustria o de liderar la exportación de litio, pero seguimos operando con vías férreas limitadas, corredores bioceánicos a medio hacer y puertos que se congestionan a la primera de cambio.
Acortar la cadena de suministro para evitar la vulnerabilidad global exige una madurez logística que la región todavía no tiene. Sustituir a un proveedor chino por uno regional te baja la exposición a las guerras comerciales, es cierto. También te permite bajar el volumen de inventario inmovilizado y reducir drásticamente la huella de carbono de tus fletes. Pero todo ese ecosistema necesita estar sostenido por rutas que no se inunden y aduanas que funcionen digitalmente.
Como región, tenemos la oportunidad de oro de convertirnos en un bloque de suministro integrado y resiliente. Pero para capitalizar de verdad esta tendencia, tenemos que dejar de romantizar el término en los foros de negocios y empezar a volcar cemento. El nearshoring no es magia; es infraestructura. Y el que no invierta ahora, se va a quedar mirando cómo el mundo pasa de largo.